Reflexión sobre la libertad creativa cautiva (Parte 2)

Kant, veintitrés siglos después, pondría el dedo en una llaga distinta, más moral que metafísica: para él la autonomía —la capacidad de darse uno mismo la ley, de ser legislador de la propia acción y no mero súbdito de una legislación ajena— es la condición misma de la dignidad, aquello que distingue a una persona de una cosa que tiene precio.

Y aquí hay algo incómodo que vale la pena decir: un creativo reducido a ejecutor de órdenes ajenas, sin espacio real para deliberar, no está siendo simplemente mal pagado o mal tratado en un sentido laboral; está siendo tratado, en el sentido kantiano estricto, como medio y no como fin, como un instrumento con nombre propio pero sin voz propia.

No hablo de rebeldía contra el cliente, ni de un relato heroico del creativo incomprendido; hablo de algo más silencioso: la erosión progresiva de la capacidad de proponer, un desgaste que no ocurre de golpe sino por acumulación, brief tras brief, hasta que uno deja de intentarlo porque ha aprendido, con el cuerpo antes que con la razón, que proponer no altera el resultado.

Y ahí Kant añadiría una advertencia que suele omitirse: la autonomía no se pierde solo cuando alguien te la quita; también se pierde, más silenciosamente, cuando dejas de ejercerla porque ya no esperas que sirva de nada. Esa es la forma más eficaz de servidumbre: la que el propio sujeto administra sobre sí mismo, por cansancio, mucho después de que la orden explícita haya dejado de ser necesaria.

Aquí es donde conviene traer a un filósofo muy contemporáneo, que ha hecho de esta paradoja el centro de su obra: Byung-Chul Han. En La sociedad del cansancio y en La agonía del Eros, Han describe cómo el capitalismo tardío ya no reprime la libertad con prohibiciones explícitas —como hacía el poder disciplinario clásico que analizó Foucault, con sus muros, sus horarios, sus vigilantes—, sino que la simula, la ofrece como discurso mientras la vacía como práctica.

Te dice "sé creativo", "aporta tu visión", "queremos que te apropies del proyecto", mientras en los hechos el margen real de decisión es cero, o casi cero, y todo comentario que se aparte del brief original se recibe con cortesía y se descarta con la misma cortesía. Es una libertad de fachada, arquitectónicamente idéntica a la libertad real pero hueca por dentro: el brief permite comentarios, invita a la opinión, incluso agradece la iniciativa, pero no cambia.

Y aquí está lo más agudo del diagnóstico de Han: esta simulación agota más que la represión directa, porque cuando la prohibición es explícita el sujeto sabe que el límite viene de afuera y puede, al menos, indignarse contra él. Pero cuando la libertad es formalmente ofrecida y prácticamente negada, el creativo se culpa a sí mismo por no lograr algo que estructuralmente no podía lograr, interioriza el fracaso como incapacidad propia en vez de reconocerlo como diseño del sistema.

Han llama a esto una forma de "positividad tóxica": el exceso de estímulo positivo —participa, propón, atrévete— que no libera sino que agota, porque convierte cada límite estructural en una herida personal.

Foucault, el clásico ya asimilado a nuestro presente, aporta una pieza distinta pero complementaria: el poder no siempre actúa por orden explícita, con un jefe que dice "no" en voz alta; actúa, más eficazmente, por normalización, por la instalación silenciosa de un criterio que deja de cuestionarse porque ha dejado de percibirse como criterio y ha pasado a percibirse como sentido común.

Cuando la frase "así lo quiere el cliente" se convierte en el criterio último de toda decisión creativa, sin que nadie se detenga a preguntar por qué esa frase tiene la autoridad que tiene, se ha instalado un régimen de verdad silencioso, en el sentido foucaultiano exacto: un régimen que no necesita policía porque ya vive dentro del lenguaje cotidiano de la oficina.

Nadie prohíbe explícitamente pensar distinto; nadie firma una orden que diga "no propongan alternativas". Simplemente, con el tiempo, ya no se pregunta, porque preguntar se ha vuelto socialmente extraño dentro de esa cultura de trabajo, casi una falta de profesionalismo.

Y esa ausencia de pregunta, ese silencio que ya nadie nota porque se ha vuelto atmósfera, es infinitamente más eficaz que cualquier censura explícita, porque la censura explícita genera resistencia y el silencio normalizado no genera nada, ni siquiera el registro de que algo se ha perdido.

(Continuará en la Parte 3)

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